Es una misión hermosa que exige al educador mantener un gran equilibrio para llevar al estudiante a la formación de su personalidad en todos sus aspectos, prepararlo para abrirse progresivamente a la realidad y capacitarlo para formarse una concepción cristiana de la vida.
El amor es, pues, el que preside nuestra actividad como educadores, sin menoscabo de la autoridad, procurando que el estudiante se sienta libre para expresarse, porque percibe que se confía en el, estimulándolo y motivándolo para su aprovechamiento intelectual y moral.
Todo esto exige paciencia y perseverancia, dominio propio, creer en el estudiante y sus posibilidades, estimulándolo constantemente; entrega y espíritu de servicio, cuidado y vigilancia para ayudarlo a progresar día a día en su formación.